Knowmetrics / 24.04.17

El impacto de las «altmetrics» que miden el impacto

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Recurrir a la definición fijada, pulida y resplandeciente que ofrece la Real Academia de la Lengua suele ser un recurso socorrido para tratar de contrastar con la realidad las suspicacias que merezca el uso común dado a un determinado concepto. Procediendo así, se encuentra que una de las entradas para el término «impacto» corresponde al “[e]fecto de una fuerza aplicada bruscamente”. De tal modo, la Cienciometría, disciplina encargada del estudio y evaluación de la producción científica, lleva décadas ocupándose de cómo los productos de la actividad científica generan un efecto en la institución científica al ser aplicados en ella “bruscamente”. Lejos de modificar su planteamiento, en época reciente se ha asistido justo al proceso inverso, es decir, tales concepciones de los outputs científicos han trascendido los estudios bibliométricos convencionales para alcanzar, por un lado, las nuevas formas de baremar la calidad científica que los recursos digitales auspician (altmetrics); y, por el otro, a aquellas dimensiones de la labor del académico que habían escapado a las garras de los protocolos y estándares de evaluación, como ocurre con el denominado «impacto social».

Pues bien, altmetrics e «impacto social» de la labor académica mantienen una relación muy estrecha entre sí. No es ésta profunda ni necesaria, sin embargo, sino contingente, marcada por la oportunidad. Las conocidas como altmetrics son nuevos indicadores para medir la producción científica que se basan o derivan de las plataformas de comunicación de la Web (Torres-Salinas et al., 2013). En un sentido estricto, su campo de acción lo constituyen las interacciones de los usuarios con los materiales generados por los investigadores (papers, libros o capítulos de libros, etcétera); si bien no es menos cierto que su misma definición no las subsume a estos. Es decir, casi cualquier objeto digital o tipo de interacción susceptibles de protocolos de evaluación, pueden tildarse de altmetrics. La ulterior imbricación de lo “social” en las altmetrics sobrevino ante la incapacidad manifiesta de tales procedimientos de medición del «impacto» para determinar qué es exactamente lo que estaban ponderando (Torres-Salinas et al., 2013). Se llegó a la conclusión de que no se podía tratar de la repercusión académica, pues no todos los usuarios de las plataformas analizadas eran científicos. Esa heterogeneidad de las audiencias, a la manera de los medios de comunicación convencionales, convirtió a la etiqueta «impacto social» en un comodín. De tal modo, queda fuera de lo computable la contribución efectiva que pueda hacerse a la mejora del bienestar social, o el carácter fecundo de su aporte al debate acerca de cómo vivimos y nos organizamos en sociedad; el «impacto» no es qué hace esa investigación por la sociedad, sino qué hace la sociedad con esa investigación. El matiz resulta determinante.

En esta translación y actualización del concepto de engagement, fuera fruto del azar, de la serendipia o de la inconsistencia conceptual o metodológica de la nueva propuesta evaluativa, el impacto venía dado por su carácter revelador. En una época tan temprana para la adopción de las herramientas digitales para la comunicación científica como es el año 2013 (un año atrás, Fitzgerald, 2012, describía un sistema de revisión de publicaciones comunitario sostenido en las métricas de las interacciones web, sin usar en ningún momento el término altmetrics, tan bisoño por entonces), ya comenzaba a percibirse que el campo de las mediaciones ciencia-sociedad, tradicionalmente dominado por la industria mediática en su sentido más amplio, se encontraba en plena transformación.

La mayor parte de la población no experimenta la actividad científica, no accede a su actualidad, sino a través del relato que otros hacen sobre ella. Antes, los medios de comunicación. Ahora, todas esas plataformas comunicativas que pueden resumirse, sucintamente, en redes sociales. Nuevos medios para viejos propósitos. Periódico, radio o televisión ya jugaron su papel en la búsqueda de la complicidad de los públicos por parte de la institución científica. En algunos casos, además, con efectos extremadamente positivos: en comunicación científica, se suele hablar del efecto The New York Times para describir el incremento de citas recibidas por un artículo científico cuando la investigación a la que aquel remite es objeto de noticiabilidad para el periódico norteamericano. Análogos efectos se han encontrado al hacer el mismo estudio en otras publicaciones señeras. Sucintamente, la proyección mediática de la práctica científica revierte de modo positivo en su repercusión académica.

La Comunicación Social de la Ciencia no se conformó hace diez años, ni es deudora, en pequeño o amplio grado, de las plataformas comunicativas de la Web (ni qué decir de las redes sociales). Como estrategia comunicativa deliberada y centralizadamente implementada, su origen se remonta tan atrás como lo hace la constitución de los sistemas nacionales de ciencia y tecnología (estructuras jerárquicas y piramidales de toma de decisiones y emplazamiento de recursos), tras la II Guerra Mundial. Su fin es incidir en la opinión pública para crear un estado favorable a la prosecución de la investigación científica, y, en ese sentido, se convierte en una herramienta de intervención política de primer orden. Al fin y al cabo, sobre el voto y los impuestos del ciudadano se sustenta la continuidad de la financiación de la práctica científica (Arboledas, 2016). Informar e instruir al ciudadano, considerado como un lego en materia de ciencia, se convierte en recurso estratégico de gran valor.

En el nuevo escenario auspiciado por las plataformas comunicativas generadas en la Web, entre los muchos y muy notables cambios introducidos en las nuevas mediaciones ciencia-sociedad, cabe destacar que es responsabilidad absoluta del académico el llevar a cabo la labor de engagement, sin más soporte que su propia competencia digital. Este extremo no se revela en todo su esplendor y extensión hasta que la nueva concepción de las altmetrics hace acto de presencia, abandonando la medición de las menciones a un determinado artículo o producto científico en las interacciones entre usuarios de las plataformas comunicativas (en continuidad con la lógica de la bibliometría convencional; sólo cambia el formato de comunicación en el que la citación se registra), para centrar su foco de atención en las redes de relaciones que el investigador teje en estos mismos espacios. La nueva aproximación metodológica se conoce como “interaction approach” (Ràfols et al., 2017), y parte de la asunción de que el «impacto social» no se explica sin búsqueda de la complicidad, como tampoco puede concebirse fuera del contexto de interacciones en el que el engagement toma forma.

La red de relaciones que ocupa el estudio bajo el prisma de esta propuesta novedosa, viene dada por la estructura de interacción “seguidores-seguidos” que un investigador cualquier sometido a evaluación ha forjado en Twitter, al dar esta constancia del interés mutuo entre dos entidades y facilitar la comunicación bidireccional. Tal procedimiento, además, permite aunar cantidad y calidad de la audiencia, estratificándola en función de unos ciertos parámetros. Romero-Frías y Robinson-García (2017) implementan esta metodología para ponderar si el laboratorio universitario de innovación Medialab UGR alcanza a su público objetivo. Mutatis, mutandis, sólo hay que reemplazar ese ente por el investigador objeto de evaluación, y determinar a priori cuál debe ser su target de audiencia. «Impacto social» transfórmase en reconocimiento social, aspecto que funciona en un plano bien distinto al de la calidad de la producción científica medida en términos de contribución al bienestar social. Y el reconocimiento, a su vez, se formula operativamente como influencia y capacidad de informar la política científica, académica y, por qué no, también económica.

Esto, en cuanto a las consecuencias postreras, en el dominio teórico-político, de la definición silente que los protocolos de medición del «impacto social» articulan. En el dominio específico de la praxis, las altmetrics creadas para ponderar el impacto, han terminado por impactar, y con gran fuerza, en la estructura de la actividad científica. En tanto que el engagement se convierte en objeto de evaluación de la actividad de un investigador, sus beneficios dejan de ser indirectos (potencial incremento de su citación a tenor de su exposición pública), y pasan a ser directos e inmediatamente tangibles, coadyuvando a su promoción al interior de la meritocrática institución mertoniana. Por contrapartida, su incorporación a los protocolos de evaluación convierte a esta pretensión de confidencia con el público (o con públicos específicos) adopta un carácter coactivo. El académico está obligado a adoptar e incorporar a sus rutinas el empleo de plataformas comunicativas y redes sociales, pues buena parte de sus opciones de medro en el seno de la comunidad científica terminarán por jugarse en ese terreno. Así pues, la «acccelerated academy» no disminuye su ritmo; sólo ha modificado su ruta.

Estando en las postrimerías de esta entrada de blog, todavía no se ha referido ninguna definición formal de «impacto social», pese a haber ocupado el centro de la reflexión. Ello encuentra su razón de ser en el hecho de que no es éste concepto en disputa, de ahí que suela darse por conocido y asimilado; es la forma de operativizar, computar y evaluar lo que resulta objeto de controversia. Quizás sea éste signo del reconocimiento de una derrota, o tal vez la constatación de una renuncia, pues el público sigue permaneciendo cautivo de un desarrollo científico en el que sólo parcial y puntualmente participa (proyectos de crowd science, en los que el involucramiento de más amplios públicos responde a un fin instrumental), y cuya política rectora lejos está de comandar. Queda fuera de toda duda que este extremo no va a cambiar por más que hogaño, para ponderar la brusquedad con la que el académico repercute con su trabajo en la sociedad, se deje de evaluar el contenido de su bloc de notas de trabajo y se pase a hacerlo de su agenda de contactos.

 

Bibliografía

ARBOLEDAS, Luis (2016). Las empresas spin-off, bajo el prisma de la Comunicación Social de la Ciencia. Trabajo de Fin de Máster. Universidad de Granada.

FITZGERALD, Kathleen (2012). “Beyond metrics: Community authorization and open peer review”, en GOLD, Matthew K., Debates in the Digital Humanities. Minneapolis, University of Minnesota Press.

TORRES-SALINAS, Daniel; CABEZAS-CLAVIJO, Álvaro; JIMÉNEZ-CONTRERAS, Evaristo (2013). Altmetrics: Nuevos indicadores para la comunicación científica en la Web 2.0, en Comunicar, 21 (41), pp. 53-60.

RÀFOLS, Ismael; ROBINSON-GARCÍA, Nicolás; VAN LEEUWEN, Thed N. (2017). Using altmetrcis for contextualised mapping of societal impact: From hits to networks. SSRN. [Recurso electrónico]. Consultado el 24 de abril de 2017.

ROMERO-FRÍAS, Esteban; ROBINSON-GARCÍA, Nicolás (2017). Laboratorios sociales en universidades: Innovación e impacto en Medialab UGR. Comunicar, 25 (51), pp. 29-38.

 

Fotografía: Impact, por Walter-Wilhelm, con licencia CC-by-2.0.

 

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