La desconexión laboral, desde la perspectiva de las Humanidades Digitales

Días atrás, el gobierno de España daba a conocer que está estudiando la posibilidad de regular el denominado derecho a la desconexión laboral, figura nunca antes recogida en el ordenamiento jurídico español. Así lo dejaba constar en respuesta a la pregunta formulada al respecto por un diputado del PDeCat (Partit Demòcrata Europeu Català). Ciertamente, es la primera vez que el ejecutivo nacional se pronuncia respecto del derecho de los trabajadores asalariados a no atender correos electrónicos u otro tipo de comunicaciones provenientes de la empresa, hechas llegar a través de las plataformas y dispositivos digitales, fuera de su horario laboral; mas la desconexión laboral digital ya había sido incorporada con anterioridad a la agenda y el debate públicos. Sin abandonar sede parlamentaria, pueden encontrarse dos grupos políticos que han presentado sendas iniciativas al respecto, En Comù Podem y el Partido Socialista. Este último, además, abordará el derecho de los trabajadores a desconectarse digitalmente de las tareas laborales en la ponencia económica de su próximo congreso. Parece indiscutible que la necesidad de poner coto a la interpenetración entre el plano del trabajo y el resto de ámbitos de la vida del asalariado auspiciada por la tecnología, existe; mas queda por ver si el marco legislativo que de todo este proceso resulte, cristalizará una apuesta audaz por la protección de los derechos laborales. Y empiezan a vislumbrarse algunos jalones que invitan a renunciar a toda esperanza.

Un ejemplo craso de que no se encuentran infundadas las suspicacias que las iniciativas a colación de la desconexión digital merecen, lo constituye Francia, primer estado europeo que ha incorporado en su ordenamiento jurídico este derecho. El limitado alcance de la norma promulgada no sólo se explica en razón de que una buena parte de las empresas francesas (aquellas cuya plantilla no supera los cincuenta empleados, esto es, pequeñas y medianas) se encuentran eximidas de cumplimiento; sino porque la misma formulación de la ley deja en manos de los empresarios, código de buenas prácticas mediante, determinar e identificar cuándo se está produciendo transgresión de la norma y, en consecuencia, desarrollar los protocolos de actuación correspondientes.

Si la actuación de otros países en el campo del derecho a la desconexión laboral digital no constituye un ejemplo edificante, la tipificación del mismo que comienza a esgrimirse desde el debate político y el pandemonium mediático ―a falta de que, en efecto, la Secretaría de Estado para el Empleo dé el paso en la dirección anunciada y presente un anteproyecto de ley―, alcanza niveles de ignominia. Así, pretender subsumir la desconexión digital a la mera disposición de no atender correos electrónicos o mensajes instantáneos hechos llegar desde la empresa, supone adoptar una posición deliberadamente parcial respecto del derecho en cuestión; una aproximación superficial y limitada que no atiende al verdadero calado de la transformación de la jornada de trabajo que las tecnologías digitales han auspiciado. El desbordamiento de los límites, siempre delicuescentes, apenas trazos sobre el agua, que separaban lo laboral del resto de planos de la vida del trabajador asalariado, ha introducido una serie de elementos coercitivos adicionales que sobrepasan, con mucho, la apertura de la bandeja de entrada del e-mail o el uso de What’s App para hablar con el jefe. Indagar en el caso de los humanistas digitales permitirá obtener una evidencia palmaria al respecto.

Según Kierschenbaum (2012), lo que distingue a un académico del campo de las Humanidades Digitales es que vive “24/7 conectado al mundo digital”; cualidad esta que considera del todo recomendable incorporar en el seno de los departamentos de Inglés (véase, de Filología y Literatura inglesas) en los que él desarrolla su labor. Más allá de la opinión particular del autor, sus aseveraciones convierten en muy oportuna la pregunta acerca de cómo puede materializarse el derecho a la desconexión laboral en casos extremos como el aquí tratado, en los que la penetración del componente digital en el desempeño profesional resulta absoluta, y no conoce más freno o cortapisa que los límites fisiológicos y la duración natural del día. Se puede aducir que las palabras de Kierschenbaum son más bien un exabrupto o una licencia poética que éste se ha tomado para hacer énfasis en cierta idea. Nada que objetar. Pero la asimilación del valor profesional de un académico que cultive el campo de las Humanidades Digitales, a su perenne presencia en y uso de las plataformas de comunicación y redes sociales de la Web 2.0., sólo traslada al plano axiológico y reviste con el manto de la ideología lo que no deja de ser una crasa evidencia empírica: el desempeño laboral diario de los académicos, en general, y más particularmente, de los humanistas digitales, convierte en indispensable e ineluctable la omnímoda presencia de la tecnología digital, totalizando todos los espacios de su vida y derrumbando cualquier límite previamente definido de la jornada de trabajo.

Adjetivar la actividad profesional de este nuevo perfil de humanistas como «digital», supondría una redundancia en pleno siglo XXI, en la era de la información. Y, como toda repetición, prescindible. A lo largo de las últimas décadas, las herramientas y plataformas de comunicación web han ido incorporándose al campo de las Humanidades Digitales conforme las mismas fuentes de información han abandonado el clásico formato analógico o, directamente, nunca se han presentado en otro medio que no estuviese articulado por el código binario (Brügger, 2016). Esto ha supuesto que una multiplicidad de disciplinas humanísticas se haya dotado, como corpus nucleares de sus estudios, de recursos digitales tales como bases de datos (Dalbello, 2011). La baratura del hardware y la facilidad de acceso que otorga el software hacen saltar por los aires cualquier noción preestablecida respecto a las categorías de “jornada de trabajo” o “lugar de trabajo” en el ámbito académico, pues el aparataje necesario para llevar a cabo la investigación (o partes de ella) no requiere mucho más que un ordenador y acceso a Internet. Sin embargo, han sido las plataformas de interacción interpersonal y bidireccional de la Web 2.0. las que han elevado a cotas nunca antes conocidas la absorción de horas adicionales de actividad laboral no remunerada.

Conexión sin límites

El estudio hecho por Gruzd y Goertzen (2013) sobre el uso que los científicos sociales daban de las redes sociales para fines de investigación, si bien cuestionable en virtud de ciertas decisiones epistemológicas adoptadas, ofrece algunos datos relevantes para suscitar la reflexión. Un primer elemento de juicio lo constituye el hecho de que son las plataformas comunicativas de tipo no académico, tales como Facebook, Twitter y otras, las que se usan más frecuentemente con objeto de desarrollar tareas concernientes al desempeño laboral de los científicos (hasta en un 71% de los casos analizados). Si algo caracteriza hogaño a las redes sociales es la naturalidad con la que se encuentran incorporadas a la rutina de las personas, su completa integración en nuestra existencia ordinaria; así como la multiplicidad de fines para los que éstas son empleadas. Entre ellos, según parece, también el de investigar. Pero el trabajo de los miembros de la Dalhouise University ofrece un segundo elemento de análisis en el que es necesario reparar. Así, de entre todas las razones esgrimidas por los sujetos investigados para justificar el empleo de redes sociales con propósitos académicos, el predominante, en 4 de cada cinco casos, refiérese a “una de las tareas primordiales de cualquier investigador” (Gruzd y Goertzen, 2013), a saber, la recopilación de información para conocer el estado del arte en un campo o disciplina dados. A la sazón, no se trata simplemente de que los investigadores introduzcan las redes sociales en su labor profesional; es que, como se aducía más arriba, no pueden oponer resistencia a su ineluctable penetración. La generación y extensión de los emergentes sistemas de medición de la productividad científica basados en las interacciones de los académicos a través de las plataformas comunicativas web (las denominadas altmetrics), exacerba esta urgencia y acelera la adopción.

La necesidad se convierte en el primer y principal elemento coercitivo. En el campo de las Humanidades Digitales y en cualquier otro. Apostar por fijar límites al uso de la tecnología digital por parte de los asalariados fuera del horario de trabajo queda en nada, mera impostura, a lo sumo, si no se cumple un requisito previo indispensable, como sería la reducción de la carga de trabajo (es decir, la intensidad del trabajo) y las tareas asociadas a un determinado puesto o cargo. Pero los vientos no soplan en esa dirección. Candoroso debate sobre la desconexión digital, por tanto, el que nos aguarda si se escamotea del mismo una reflexión profunda acerca de las pulsiones y exigencias que llevan a los trabajadores a mantenerse “conectados” con la empresa cuando su jornada laboral finaliza. El caso de los científicos, en general, y más particularmente, el de los humanistas digitales, no sólo sirve de ilustración del futuro hacia el que se ven abocados el resto de trabajadores (académicos o no) en caso de que la ley no llegue a prosperar, quede malograda o se vea incapaz de cumplir con la misión que le ha sido encomendada; también permite poner en relieve que en modo alguno pueden permanecer estos al margen de la cuestión que aquí se trata. Al fin y al cabo, la futurible regulación de la desconexión laboral digital se inscribe en el más amplio debate acerca de sus propias condiciones generales de trabajo. En este caso, desconectar sí que no debe de ser una opción.

FotografíaPowering a favela in Brazil, por Deutsche Welle, con licencia CC by-nc-nd-2.0.

 

Bibliografía

BRÜGGER, Niels (2016). Digital Humanities in the 21st century: Digital materials as a driving force. Digital Humanities Quarterly, 10 (2).

DALBELLO, Marija (2011). A geneaolgy of Digital Humanities. Journal of Documentation, 67 (3), pp. 480-506.

GRUZD, Anatoli; GOERTZEN, Melissa (2013). Wired Academy: Why social science scholars are using social media. 46th Hawaii International Conference on System Sciences, pp. 3332-3341.

KIERSCHENBAUM, Matthew (2012). “What is Digital Humanities and what’s doing in English deparments?”. En GOLD, Matthew K. (editor), Debates in the Digital Humanities. Minneapolis, University of Minnesota Press.

 

 


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