Viaje al centro de las Humanidades Digitales (VI). Investigadores

La primera expedición del equipo de Knowmetrics ha tocado a su fin. Ha sido un viaje largo y agitado con rumbo al centro de las Humanidades Digitales en España, pero podemos sentirnos satisfechos. Más sabios y maduros arribamos a nuestra particular Ítaca, que ya se divisa en el horizonte. Y ello merece todo el esfuerzo que ha sido necesario hasta llegar aquí.

En las entradas previas de Viaje al centro de las Humanidades Digitales, se ha indagado en extenso acerca de qué hacen los humanistas digitales (proyectos de investigación); qué tipo de productos resultan de su actividad académica (artefactos digitales y otros outputs); y a qué entidades pertenecen (adscripción institucional). Sin embargo, todavía queda un último puerto en el que atracar antes de dar por concluida la expedición: hay que conocer quiénes son y qué propiedades caracterizan a estos miembros de la comunidad de las Humanidades Digitales en españa. Y a ello se consagrará esta última entrada de la serie.

La información al respecto fue extraída de las 37 respuestas al cuestionario que se difundió entre el conjunto de los participantes de los congresos dedicados a las Humanidades Digitales que se celebraron en el último año en España. Para los 33 sujetos únicos finalmente identificados, dos fueron los dos grandes planos que ocuparon el análisis: por un lado, su adscripción institucional, englobando también en este punto el cargo en la actualidad desempeñado en el seno de la universidad (en caso de que, efectivamente, se encuentren vinculados laboral o estatutariamente a la institución académica); la identidad digital sería el otro aspecto tomado en consideración. Este último remite al uso que los investigadores hace de las herramientas y plataformas comunicativas de la Web, componente esencial del conocido como digital scholarship.

filiación institucional

Codificando la adscripción institucional de los humanistas digitales en virtud de la dicotomía Academia – Sociedad Civil, los datos muestran un dominio absoluto de la primera categoría de la dupla. Apenas el 9% de los 33 sujetos identificados consignan una vinculación laboral o profesional distinta a la universitaria, que suele ser, además, compatibilizada con estudios universitarios o algún cargo dentro de la academia (algo posible mediante la figura del profesor asociado). De entre quienes sí desarrollan su trabajo al interior de los reductos universitarios, la Universidad Complutense de Madrid es la que cuenta con mayor representación, algo lógico, teniendo en cuenta que era, de largo, la institución con mayor presencia en el conjunto de los encuentros sometidos a examen. El resto de sujetos encuestados provienen de hasta once universidades españolas distintas, que totalizan entre uno y tres empleados entre los sujetos encuestados.

Salvo excepciones puntuales y poco habituales, cualquier miembro de la comunidad universitaria puede englobarse en uno de los tres grandes grupos en base a los que ésta se estructura, a saber, Personal Docente e Investigador (PDI), Personal Administrativo y de Servicios (PAS), y Estudiantes. Con los datos recabados mediante el cuestionario, es posible determinar qué sector o sectores de los antemencioandos se muestran más activos en el campo de las Humanidades Digitales. Así, el peso relativo de cada uno de los grupos en el conjunto de los sujetos analizados, quedaría como sigue:

  • Personal Docente e Investigador (incluyendo a contratados pre y posdoctorales), 87,5%.
  • Personal Administrativo y de Servicios, 3%.
  • Estudiantes (incluyendo aquellos doctorandos que no cuentan con becas FPI, FPU o similares), 9%.

Para poner en perspectiva los resultados obtenidos, es indispensable tomar en consideración dónde y cómo fueron recopilados los sujetos de estudio. Los congresos, jornadas, simposios, etcétera, suelen reservarse para aquellas personas con un cierto bagaje investigador y docente. Además, muchos de esos encuentros tienen por objeto suscitar vocaciones y complementar la formación. Su público objetivo son los estudiantes e, incluso, el personal no investigador de la universidad; de ahí se deriva la escasa presencia que estos perfiles tienen entre los participantes en tales actividades. Quizás, procedimientos diferentes de identificación de casos conduzcan a resultados disímiles, de ahí que estos datos deban tomarse con cautela. Sin embargo, el trazo de la tendencia que dibujan es nítido y firme, por lo que no resulta descabellado aventurar que sucesivas indagaciones en la materia, lejos de ofrecer refutación, confirmarán la imagen que aquí se comienza a bosquejar al respecto de los sectores dentro de la academia más activos en el campo de las Humanidades Digitales.

Si bien la categoría de PDI aglutina a un mayor número de los humanistas digitales identificados, la distribución de estos en los diferentes puestos de responsabilidad que pueden ocuparse no resulta en absoluto equilibrada. “Profesor titular” y “Catedrático” son los dos niveles dentro de la jerarquía universitaria en los que se concentran más sujetos analizados, con hasta el 60% de los académicos. Profesores contratados doctores, profesores ayudantes doctores, profesores asociados y contratados pre y posdoctorales se reparten el 40% restante.

identidad digital

Como se consignó más arriba, la identidad digital es uno de los pilares sobre los que descansa el conocido como digital scholarship, es decir, el empleo de diferentes recursos digitales (entre ellos, las plataformas de comunicación 2.0) con fines de investigación, o, más generalmente, académicos. Las redes sociales y las páginas web o blog personales son componentes constitutivos de esta nueva concepción de la actividad científica; estas herramientas no sólo sirven de complemento a los canales de comunicación entre académicos más convencionales (Robinson-García et al., 2011), sino que proyectan su misma laboral sobre el conjunto de la sociedad, dando un nuevo cariz al public engagement. Sobre su uso se interrogó a los investigadores sometidos a estudio, a fin de indagar un poco más en la importancia que estos productos cobran en el seno de las Humanidades Digitales en España.

Un primer dato significativo es que el 15% de los encuestados reconocía no disponer de ninguno de los recursos considerados en la investigación, esto es, carecían de identidad digital. Si bien baja, la cifra en absoluto resulta residual. Además, 4 de estos cinco sujetos habían participado en proyectos de investigación por ellos mismos catalogados con la etiqueta de “Humanidades Digitales”. Este resultado urge una reflexión amplia y fecunda sobre cómo está implantándose el digital scholarship en la universidad española, así como si la proyección pública del académico mediante el empleo de las plataformas comunicativas web contribuye, y en qué medida lo hace, al desarrollo de su labor y la consecución de los objetivos ínsitos a esta.

El escaso interés que suscita la gestión y mantenimiento de un blog o página web personal, quizás motivado, como aseveran Gruzd y Goertzen (2013), por el esfuerzo y el consumo de tiempo que ello implica, contrasta con el uso extensivo dado a las redes sociales cuando revisten fines académicos. Mientras que sólo el 45% de los encuestados afirma tener web o blog propios, el 85% reconoce utilizar las nuevas plataformas de interacción en el marco de su digital scholarship. Sin embargo, no son aquellas redes sociales que tienen a los investigadores por su público objetivo, tales como Research Gate o Academia.edu, las que preponderan; son Twitter y Facebook, sorprendentemente, las más habituales cuando de propósitos académicos se trata. Consideradas de manera conjunta, la frecuencia con la que se mencionan se sitúa en el 45%. La dupla Research Gate y Academia.edu, en cambio, no supera el 36%. Además, Twitter y Facebook operan en simultaneidad en un mayor número de casos, probablemente, porque las dos redes sociales eminentemente académicas presentan notables similitudes entre sí, y los investigadores no consideran indispensable contar con perfiles en ambas.

Sabemos que el social media se usa, y conocemos por qué tipo de social media sienten los académicos predilección. La pregunta que sigue de suyo sería: ¿Con qué finalidades se usan? En este plano, la investigación de Knowmetrics hacía distinción de cuatro motivaciones diferentes, cada una de ellas, además, integrada por dos dimensiones específicas:

  • Redes sociales como objeto de estudio.
    • Búsqueda, descripción y análisis de fenómenos.
    • Recopilación de datos sobre casos de estudio.
  • Redes sociales como herramienta de recopilación de información.
    • Estar al día con los avances en un área de conocimiento.
    • Descubrir nuevas ideas y enfoques, propuestas metodológicas o publicaciones.
  • Redes sociales como plataforma de socialización.
    • Seguir el trabajo de otros académicos.
    • Hacer y mantener contactos con otros investigadores.
  • Redes sociales como recurso para la autopromoción.
    • Dar visibilidad al trabajo y los descubrimientos propios.
    • Construir y mantener un perfil profesional.

Agregando los resultados para cada motivación general (el sujeto elegía una de las ocho dimensiones propuestas), encontramos que aquella predominantemente esgrimida para justificar el empleo de las redes sociales es la recopilación de información sobre el state of the art de una disciplina o campo de estudios, con el 35,5%. Es decir, nuevas herramientas se emplean para dar satisfacción a antiguas necesidades. Ya señalaban Gruzd y Goertzen (2013) que, a tenor de la sobreabundancia de bibliografía, filtrar, seleccionar y gestionar los contenidos eran tareas ineludibles para cualquier investigador. La utilidad de las redes sociales en esta materia va en detrimento de aquella función que, a tenor de la naturaleza del social media, debiera ser primordial, esto es, la comunicación y la socialización entre académicos, que queda relegada hasta el tercer lugar como motivación preponderante (26%). Por su parte, el hecho de que estas plataformas comunicativas se conciban tan frecuentemente como objeto de estudio (y que estudiarlas sea la motivación esencial que se persigue con su uso), con el 29% de los casos, resulta tanto más llamativo cuanto que, unos años atrás, los estudios en la materia ni siquiera contemplaban este aspecto como una posible motivación.

Y, hasta aquí, los hallazgos hechos por el equipo de expedicionarios del proyecto Knowmetrics: evaluación del conocimiento en la sociedad digital en su viaje al centro de las Humanidades Digitales.

 

Bibliografía

GRUZD, Anatoli; GOERTZEN, Melissa (2013). Wired academy: Why social science scholars are using social media. 46th Hawaii International Conference on System Sciences.

 

Fotografía: Week 1: Needs Recharging, por Cristopher Rodriguez, con licencia CC-by-nc-nd-2.0.

 

 


El impacto de las «altmetrics» que miden el impacto

Recurrir a la definición fijada, pulida y resplandeciente que ofrece la Real Academia de la Lengua suele ser un recurso socorrido para tratar de contrastar con la realidad las suspicacias que merezca el uso común dado a un determinado concepto. Procediendo así, se encuentra que una de las entradas para el término «impacto» corresponde al “[e]fecto de una fuerza aplicada bruscamente”. De tal modo, la Cienciometría, disciplina encargada del estudio y evaluación de la producción científica, lleva décadas ocupándose de cómo los productos de la actividad científica generan un efecto en la institución científica al ser aplicados en ella “bruscamente”. Lejos de modificar su planteamiento, en época reciente se ha asistido justo al proceso inverso, es decir, tales concepciones de los outputs científicos han trascendido los estudios bibliométricos convencionales para alcanzar, por un lado, las nuevas formas de baremar la calidad científica que los recursos digitales auspician (altmetrics); y, por el otro, a aquellas dimensiones de la labor del académico que habían escapado a las garras de los protocolos y estándares de evaluación, como ocurre con el denominado «impacto social».

Pues bien, altmetrics e «impacto social» de la labor académica mantienen una relación muy estrecha entre sí. No es ésta profunda ni necesaria, sin embargo, sino contingente, marcada por la oportunidad. Las conocidas como altmetrics son nuevos indicadores para medir la producción científica que se basan o derivan de las plataformas de comunicación de la Web (Torres-Salinas et al., 2013). En un sentido estricto, su campo de acción lo constituyen las interacciones de los usuarios con los materiales generados por los investigadores (papers, libros o capítulos de libros, etcétera); si bien no es menos cierto que su misma definición no las subsume a estos. Es decir, casi cualquier objeto digital o tipo de interacción susceptibles de protocolos de evaluación, pueden tildarse de altmetrics. La ulterior imbricación de lo “social” en las altmetrics sobrevino ante la incapacidad manifiesta de tales procedimientos de medición del «impacto» para determinar qué es exactamente lo que estaban ponderando (Torres-Salinas et al., 2013). Se llegó a la conclusión de que no se podía tratar de la repercusión académica, pues no todos los usuarios de las plataformas analizadas eran científicos. Esa heterogeneidad de las audiencias, a la manera de los medios de comunicación convencionales, convirtió a la etiqueta «impacto social» en un comodín. De tal modo, queda fuera de lo computable la contribución efectiva que pueda hacerse a la mejora del bienestar social, o el carácter fecundo de su aporte al debate acerca de cómo vivimos y nos organizamos en sociedad; el «impacto» no es qué hace esa investigación por la sociedad, sino qué hace la sociedad con esa investigación. El matiz resulta determinante.

En esta translación y actualización del concepto de engagement, fuera fruto del azar, de la serendipia o de la inconsistencia conceptual o metodológica de la nueva propuesta evaluativa, el impacto venía dado por su carácter revelador. En una época tan temprana para la adopción de las herramientas digitales para la comunicación científica como es el año 2013 (un año atrás, Fitzgerald, 2012, describía un sistema de revisión de publicaciones comunitario sostenido en las métricas de las interacciones web, sin usar en ningún momento el término altmetrics, tan bisoño por entonces), ya comenzaba a percibirse que el campo de las mediaciones ciencia-sociedad, tradicionalmente dominado por la industria mediática en su sentido más amplio, se encontraba en plena transformación.

La mayor parte de la población no experimenta la actividad científica, no accede a su actualidad, sino a través del relato que otros hacen sobre ella. Antes, los medios de comunicación. Ahora, todas esas plataformas comunicativas que pueden resumirse, sucintamente, en redes sociales. Nuevos medios para viejos propósitos. Periódico, radio o televisión ya jugaron su papel en la búsqueda de la complicidad de los públicos por parte de la institución científica. En algunos casos, además, con efectos extremadamente positivos: en comunicación científica, se suele hablar del efecto The New York Times para describir el incremento de citas recibidas por un artículo científico cuando la investigación a la que aquel remite es objeto de noticiabilidad para el periódico norteamericano. Análogos efectos se han encontrado al hacer el mismo estudio en otras publicaciones señeras. Sucintamente, la proyección mediática de la práctica científica revierte de modo positivo en su repercusión académica.

La Comunicación Social de la Ciencia no se conformó hace diez años, ni es deudora, en pequeño o amplio grado, de las plataformas comunicativas de la Web (ni qué decir de las redes sociales). Como estrategia comunicativa deliberada y centralizadamente implementada, su origen se remonta tan atrás como lo hace la constitución de los sistemas nacionales de ciencia y tecnología (estructuras jerárquicas y piramidales de toma de decisiones y emplazamiento de recursos), tras la II Guerra Mundial. Su fin es incidir en la opinión pública para crear un estado favorable a la prosecución de la investigación científica, y, en ese sentido, se convierte en una herramienta de intervención política de primer orden. Al fin y al cabo, sobre el voto y los impuestos del ciudadano se sustenta la continuidad de la financiación de la práctica científica (Arboledas, 2016). Informar e instruir al ciudadano, considerado como un lego en materia de ciencia, se convierte en recurso estratégico de gran valor.

En el nuevo escenario auspiciado por las plataformas comunicativas generadas en la Web, entre los muchos y muy notables cambios introducidos en las nuevas mediaciones ciencia-sociedad, cabe destacar que es responsabilidad absoluta del académico el llevar a cabo la labor de engagement, sin más soporte que su propia competencia digital. Este extremo no se revela en todo su esplendor y extensión hasta que la nueva concepción de las altmetrics hace acto de presencia, abandonando la medición de las menciones a un determinado artículo o producto científico en las interacciones entre usuarios de las plataformas comunicativas (en continuidad con la lógica de la bibliometría convencional; sólo cambia el formato de comunicación en el que la citación se registra), para centrar su foco de atención en las redes de relaciones que el investigador teje en estos mismos espacios. La nueva aproximación metodológica se conoce como “interaction approach” (Ràfols et al., 2017), y parte de la asunción de que el «impacto social» no se explica sin búsqueda de la complicidad, como tampoco puede concebirse fuera del contexto de interacciones en el que el engagement toma forma.

La red de relaciones que ocupa el estudio bajo el prisma de esta propuesta novedosa, viene dada por la estructura de interacción “seguidores-seguidos” que un investigador cualquier sometido a evaluación ha forjado en Twitter, al dar esta constancia del interés mutuo entre dos entidades y facilitar la comunicación bidireccional. Tal procedimiento, además, permite aunar cantidad y calidad de la audiencia, estratificándola en función de unos ciertos parámetros. Romero-Frías y Robinson-García (2017) implementan esta metodología para ponderar si el laboratorio universitario de innovación Medialab UGR alcanza a su público objetivo. Mutatis, mutandis, sólo hay que reemplazar ese ente por el investigador objeto de evaluación, y determinar a priori cuál debe ser su target de audiencia. «Impacto social» transfórmase en reconocimiento social, aspecto que funciona en un plano bien distinto al de la calidad de la producción científica medida en términos de contribución al bienestar social. Y el reconocimiento, a su vez, se formula operativamente como influencia y capacidad de informar la política científica, académica y, por qué no, también económica.

Esto, en cuanto a las consecuencias postreras, en el dominio teórico-político, de la definición silente que los protocolos de medición del «impacto social» articulan. En el dominio específico de la praxis, las altmetrics creadas para ponderar el impacto, han terminado por impactar, y con gran fuerza, en la estructura de la actividad científica. En tanto que el engagement se convierte en objeto de evaluación de la actividad de un investigador, sus beneficios dejan de ser indirectos (potencial incremento de su citación a tenor de su exposición pública), y pasan a ser directos e inmediatamente tangibles, coadyuvando a su promoción al interior de la meritocrática institución mertoniana. Por contrapartida, su incorporación a los protocolos de evaluación convierte a esta pretensión de confidencia con el público (o con públicos específicos) adopta un carácter coactivo. El académico está obligado a adoptar e incorporar a sus rutinas el empleo de plataformas comunicativas y redes sociales, pues buena parte de sus opciones de medro en el seno de la comunidad científica terminarán por jugarse en ese terreno. Así pues, la «acccelerated academy» no disminuye su ritmo; sólo ha modificado su ruta.

Estando en las postrimerías de esta entrada de blog, todavía no se ha referido ninguna definición formal de «impacto social», pese a haber ocupado el centro de la reflexión. Ello encuentra su razón de ser en el hecho de que no es éste concepto en disputa, de ahí que suela darse por conocido y asimilado; es la forma de operativizar, computar y evaluar lo que resulta objeto de controversia. Quizás sea éste signo del reconocimiento de una derrota, o tal vez la constatación de una renuncia, pues el público sigue permaneciendo cautivo de un desarrollo científico en el que sólo parcial y puntualmente participa (proyectos de crowd science, en los que el involucramiento de más amplios públicos responde a un fin instrumental), y cuya política rectora lejos está de comandar. Queda fuera de toda duda que este extremo no va a cambiar por más que hogaño, para ponderar la brusquedad con la que el académico repercute con su trabajo en la sociedad, se deje de evaluar el contenido de su bloc de notas de trabajo y se pase a hacerlo de su agenda de contactos.

 

Bibliografía

ARBOLEDAS, Luis (2016). Las empresas spin-off, bajo el prisma de la Comunicación Social de la Ciencia. Trabajo de Fin de Máster. Universidad de Granada.

FITZGERALD, Kathleen (2012). “Beyond metrics: Community authorization and open peer review”, en GOLD, Matthew K., Debates in the Digital Humanities. Minneapolis, University of Minnesota Press.

TORRES-SALINAS, Daniel; CABEZAS-CLAVIJO, Álvaro; JIMÉNEZ-CONTRERAS, Evaristo (2013). Altmetrics: Nuevos indicadores para la comunicación científica en la Web 2.0, en Comunicar, 21 (41), pp. 53-60.

RÀFOLS, Ismael; ROBINSON-GARCÍA, Nicolás; VAN LEEUWEN, Thed N. (2017). Using altmetrcis for contextualised mapping of societal impact: From hits to networks. SSRN. [Recurso electrónico]. Consultado el 24 de abril de 2017.

ROMERO-FRÍAS, Esteban; ROBINSON-GARCÍA, Nicolás (2017). Laboratorios sociales en universidades: Innovación e impacto en Medialab UGR. Comunicar, 25 (51), pp. 29-38.

 

Fotografía: Impact, por Walter-Wilhelm, con licencia CC-by-2.0.

 


La desconexión laboral, desde la perspectiva de las Humanidades Digitales

Días atrás, el gobierno de España daba a conocer que está estudiando la posibilidad de regular el denominado derecho a la desconexión laboral, figura nunca antes recogida en el ordenamiento jurídico español. Así lo dejaba constar en respuesta a la pregunta formulada al respecto por un diputado del PDeCat (Partit Demòcrata Europeu Català). Ciertamente, es la primera vez que el ejecutivo nacional se pronuncia respecto del derecho de los trabajadores asalariados a no atender correos electrónicos u otro tipo de comunicaciones provenientes de la empresa, hechas llegar a través de las plataformas y dispositivos digitales, fuera de su horario laboral; mas la desconexión laboral digital ya había sido incorporada con anterioridad a la agenda y el debate públicos. Sin abandonar sede parlamentaria, pueden encontrarse dos grupos políticos que han presentado sendas iniciativas al respecto, En Comù Podem y el Partido Socialista. Este último, además, abordará el derecho de los trabajadores a desconectarse digitalmente de las tareas laborales en la ponencia económica de su próximo congreso. Parece indiscutible que la necesidad de poner coto a la interpenetración entre el plano del trabajo y el resto de ámbitos de la vida del asalariado auspiciada por la tecnología, existe; mas queda por ver si el marco legislativo que de todo este proceso resulte, cristalizará una apuesta audaz por la protección de los derechos laborales. Y empiezan a vislumbrarse algunos jalones que invitan a renunciar a toda esperanza.

Un ejemplo craso de que no se encuentran infundadas las suspicacias que las iniciativas a colación de la desconexión digital merecen, lo constituye Francia, primer estado europeo que ha incorporado en su ordenamiento jurídico este derecho. El limitado alcance de la norma promulgada no sólo se explica en razón de que una buena parte de las empresas francesas (aquellas cuya plantilla no supera los cincuenta empleados, esto es, pequeñas y medianas) se encuentran eximidas de cumplimiento; sino porque la misma formulación de la ley deja en manos de los empresarios, código de buenas prácticas mediante, determinar e identificar cuándo se está produciendo transgresión de la norma y, en consecuencia, desarrollar los protocolos de actuación correspondientes.

Si la actuación de otros países en el campo del derecho a la desconexión laboral digital no constituye un ejemplo edificante, la tipificación del mismo que comienza a esgrimirse desde el debate político y el pandemonium mediático ―a falta de que, en efecto, la Secretaría de Estado para el Empleo dé el paso en la dirección anunciada y presente un anteproyecto de ley―, alcanza niveles de ignominia. Así, pretender subsumir la desconexión digital a la mera disposición de no atender correos electrónicos o mensajes instantáneos hechos llegar desde la empresa, supone adoptar una posición deliberadamente parcial respecto del derecho en cuestión; una aproximación superficial y limitada que no atiende al verdadero calado de la transformación de la jornada de trabajo que las tecnologías digitales han auspiciado. El desbordamiento de los límites, siempre delicuescentes, apenas trazos sobre el agua, que separaban lo laboral del resto de planos de la vida del trabajador asalariado, ha introducido una serie de elementos coercitivos adicionales que sobrepasan, con mucho, la apertura de la bandeja de entrada del e-mail o el uso de What’s App para hablar con el jefe. Indagar en el caso de los humanistas digitales permitirá obtener una evidencia palmaria al respecto.

Según Kierschenbaum (2012), lo que distingue a un académico del campo de las Humanidades Digitales es que vive “24/7 conectado al mundo digital”; cualidad esta que considera del todo recomendable incorporar en el seno de los departamentos de Inglés (véase, de Filología y Literatura inglesas) en los que él desarrolla su labor. Más allá de la opinión particular del autor, sus aseveraciones convierten en muy oportuna la pregunta acerca de cómo puede materializarse el derecho a la desconexión laboral en casos extremos como el aquí tratado, en los que la penetración del componente digital en el desempeño profesional resulta absoluta, y no conoce más freno o cortapisa que los límites fisiológicos y la duración natural del día. Se puede aducir que las palabras de Kierschenbaum son más bien un exabrupto o una licencia poética que éste se ha tomado para hacer énfasis en cierta idea. Nada que objetar. Pero la asimilación del valor profesional de un académico que cultive el campo de las Humanidades Digitales, a su perenne presencia en y uso de las plataformas de comunicación y redes sociales de la Web 2.0., sólo traslada al plano axiológico y reviste con el manto de la ideología lo que no deja de ser una crasa evidencia empírica: el desempeño laboral diario de los académicos, en general, y más particularmente, de los humanistas digitales, convierte en indispensable e ineluctable la omnímoda presencia de la tecnología digital, totalizando todos los espacios de su vida y derrumbando cualquier límite previamente definido de la jornada de trabajo.

Adjetivar la actividad profesional de este nuevo perfil de humanistas como «digital», supondría una redundancia en pleno siglo XXI, en la era de la información. Y, como toda repetición, prescindible. A lo largo de las últimas décadas, las herramientas y plataformas de comunicación web han ido incorporándose al campo de las Humanidades Digitales conforme las mismas fuentes de información han abandonado el clásico formato analógico o, directamente, nunca se han presentado en otro medio que no estuviese articulado por el código binario (Brügger, 2016). Esto ha supuesto que una multiplicidad de disciplinas humanísticas se haya dotado, como corpus nucleares de sus estudios, de recursos digitales tales como bases de datos (Dalbello, 2011). La baratura del hardware y la facilidad de acceso que otorga el software hacen saltar por los aires cualquier noción preestablecida respecto a las categorías de “jornada de trabajo” o “lugar de trabajo” en el ámbito académico, pues el aparataje necesario para llevar a cabo la investigación (o partes de ella) no requiere mucho más que un ordenador y acceso a Internet. Sin embargo, han sido las plataformas de interacción interpersonal y bidireccional de la Web 2.0. las que han elevado a cotas nunca antes conocidas la absorción de horas adicionales de actividad laboral no remunerada.

Conexión sin límites

El estudio hecho por Gruzd y Goertzen (2013) sobre el uso que los científicos sociales daban de las redes sociales para fines de investigación, si bien cuestionable en virtud de ciertas decisiones epistemológicas adoptadas, ofrece algunos datos relevantes para suscitar la reflexión. Un primer elemento de juicio lo constituye el hecho de que son las plataformas comunicativas de tipo no académico, tales como Facebook, Twitter y otras, las que se usan más frecuentemente con objeto de desarrollar tareas concernientes al desempeño laboral de los científicos (hasta en un 71% de los casos analizados). Si algo caracteriza hogaño a las redes sociales es la naturalidad con la que se encuentran incorporadas a la rutina de las personas, su completa integración en nuestra existencia ordinaria; así como la multiplicidad de fines para los que éstas son empleadas. Entre ellos, según parece, también el de investigar. Pero el trabajo de los miembros de la Dalhouise University ofrece un segundo elemento de análisis en el que es necesario reparar. Así, de entre todas las razones esgrimidas por los sujetos investigados para justificar el empleo de redes sociales con propósitos académicos, el predominante, en 4 de cada cinco casos, refiérese a “una de las tareas primordiales de cualquier investigador” (Gruzd y Goertzen, 2013), a saber, la recopilación de información para conocer el estado del arte en un campo o disciplina dados. A la sazón, no se trata simplemente de que los investigadores introduzcan las redes sociales en su labor profesional; es que, como se aducía más arriba, no pueden oponer resistencia a su ineluctable penetración. La generación y extensión de los emergentes sistemas de medición de la productividad científica basados en las interacciones de los académicos a través de las plataformas comunicativas web (las denominadas altmetrics), exacerba esta urgencia y acelera la adopción.

La necesidad se convierte en el primer y principal elemento coercitivo. En el campo de las Humanidades Digitales y en cualquier otro. Apostar por fijar límites al uso de la tecnología digital por parte de los asalariados fuera del horario de trabajo queda en nada, mera impostura, a lo sumo, si no se cumple un requisito previo indispensable, como sería la reducción de la carga de trabajo (es decir, la intensidad del trabajo) y las tareas asociadas a un determinado puesto o cargo. Pero los vientos no soplan en esa dirección. Candoroso debate sobre la desconexión digital, por tanto, el que nos aguarda si se escamotea del mismo una reflexión profunda acerca de las pulsiones y exigencias que llevan a los trabajadores a mantenerse “conectados” con la empresa cuando su jornada laboral finaliza. El caso de los científicos, en general, y más particularmente, el de los humanistas digitales, no sólo sirve de ilustración del futuro hacia el que se ven abocados el resto de trabajadores (académicos o no) en caso de que la ley no llegue a prosperar, quede malograda o se vea incapaz de cumplir con la misión que le ha sido encomendada; también permite poner en relieve que en modo alguno pueden permanecer estos al margen de la cuestión que aquí se trata. Al fin y al cabo, la futurible regulación de la desconexión laboral digital se inscribe en el más amplio debate acerca de sus propias condiciones generales de trabajo. En este caso, desconectar sí que no debe de ser una opción.

FotografíaPowering a favela in Brazil, por Deutsche Welle, con licencia CC by-nc-nd-2.0.

 

Bibliografía

BRÜGGER, Niels (2016). Digital Humanities in the 21st century: Digital materials as a driving force. Digital Humanities Quarterly, 10 (2).

DALBELLO, Marija (2011). A geneaolgy of Digital Humanities. Journal of Documentation, 67 (3), pp. 480-506.

GRUZD, Anatoli; GOERTZEN, Melissa (2013). Wired Academy: Why social science scholars are using social media. 46th Hawaii International Conference on System Sciences, pp. 3332-3341.

KIERSCHENBAUM, Matthew (2012). “What is Digital Humanities and what’s doing in English deparments?”. En GOLD, Matthew K. (editor), Debates in the Digital Humanities. Minneapolis, University of Minnesota Press.

 

 


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